
Mis ojos estaban clavados en el vaivén de los líquidos que llevaba en la bandeja. Sopa, unos refrescos, un trago y dos licuados. Nada sólido. A cada paso se me movía el mundo. Era como querer llevar la bandeja en un barco.
Era la primera vez que hacía de mozo y me tocó un primero de enero. Había gente hasta debajo de las plantas. Exigían que les trajeran su pedido en el momento, estaban en un cinco estrellas y la cena no podía demorar tanto. La noche anterior, el hotel se había caído de gente en la fiesta de fin de año y en la mañana no se habían aparecido más que alguna pareja de viejitos que habían madrugado la primer mañana del año, como hacen las personas de edad, que ven el mundo con otros ojos y para quienes el festejo pasa no más ni menos que por despertar a un nuevo día, y más aún si es el primero de un nuevo año. Pero en la noche se volvió a ver el mismo volumen de gente. Personas de mucho dinero y mayor impaciencia, muchas de las cuales se criaron de acuerdo a los parámetros del viejo régimen en los cuales el servicio era propio del esclavismo, pues es de ahí de donde descendemos los mozos y las mucamas. Estábamos con otro compañero corriendo de acá para allá. Llevando pedidos, improvisando en el oficio. Unos señores se quejaban de que demoraban unos platos que habían ordenado hacía diez minutos. Era una mesa de once, perder una propina así era inaceptable. Nos miramos con mi compañero y fuimos a buscarlos. Fue entonces que de camino a la cocina, vimos una realidad que siempre habíamos conocido, supuesto, pero nunca visto cara a cara. La realidad del mundo la vimos en aquel restaurante aquella noche. Había tachos repletos de comida, esperando camino a la basura. Repletos de verdad. Hasta el tope. Dicen que uno de cada siete hombres, no come. No come uno de cada siete seres humanos en este planeta. ¿Cuantos se podrían haber alimentado esa noche, con la basura de uno de los restaurantes de uno de los hoteles de uno de los países tercermundistas? Aquella noche se tiró un plato cada tres personas. En ese restaurante se hubiese parado el hambre por esa noche. Pero nada podía hacerse más que lo que hicimos. La impotencia es mala compañera, pero es impulso y por lo tanto motor de tantas cosas. Esa noche cuando nos tocó sacar la basura no lo hicimos por atrás sino por adelante, atravesando el restaurante. Fue nuestra última noche en nuestro breve empleo. Pero logramos que ninguna persona se llevara el tenedor a la boca al leer el cartel. Pasamos por enfrente de cada uno y al mirar los tachos la gente se detenía. Dejaba de comer. A mi compañero se le ocurrió y yo lo ejecuté. Escribí un cartel por cada tacho de basura. Los carteles decían: DONACIONES PARA ÁFRICA.
Pa... salado... viví esa realidad y me dolió tanto como a ustedes, pero... se que sonará ingenua mi pregunta: en serio hicieron eso con los tachos y con el cartel? si fue así, admiro la valentía de haber tenido ese gesto de solidaridad, compromiso y poder de manifestación, pudiendo pegarle un poco a esta gente con la realidad. Y si no lo hicieron y fue un final ficticio para la historia, me hubiera encantado que se hiciera realidad. Es indignante la frivolidad de ese entorno y es muy difícil formar parte de ello por el trabajo, porque uno siente que forma parte de esa máquina sin conciencia, aunque sea durante las 8 hs de jornada laboral. Igual, como en todas las cosas, hay gente sumamente rescatable y he conocido clientes entrañables que nada tiene que ver con la raza de gente que pisa ese mundo "sin piso". Felicitaciones por el Blog Rodrigo.
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