
Cuentan los más viejos que durante el primer plenario del mundo los sabios debatían sentados en sus sillones de piedra los grandes problemas originales.
Cuentan de las primeras ideas que desvelaban a aquellos, algunas tal vez de las que siguen desvelando a los de hoy. Entonces discutían por ejemplo si el cielo era del color del mar o si el mar era del color del cielo o si Dios había creado al hombre para alivio de su soledad o el hombre había creado a aquél para lo mismo. Discurrían entre los hombres los enigmas que percibe el alma y perturban el pensamiento. Así los primeros sabios discutían en aquella oportunidad, la función del hombre frente a lo Ineluctable.
Opinaron primero y con vehemencia, los hombres arrebatadores, como era de esperarse. Los que creen ser dueños del mundo y no hijos. Porque el mundo es fundación de todo lo que existe, por tanto inapropiable.
-El mundo gira sin piedad - dijeron. -Desde el misterioso día en que el mundo es mundo se desvanece el sol en el horizonte. A diario gira. Pero el hombre por ser hombre tiene el poder, el deber de hacer que el mundo detenga sus vueltas durante un segundo. De tomar el mundo por las riendas y detenerlo si quiere. Y en ese segundo gritar de dignidad: "Soy Hombre".
El plenario explotó excitado. Brotaron arengas de aquel parlamento que aún estaba siendo construido, terminado en ese instante por los primeros albañiles, decorado por los primeros arregladores cada quien trabajando en silencio, contemplando con respeto y desde abajo la opinión de los que saben.
- ¿Y si no hay función imprescindible? dijo un anciano. -¿Qué, si el hombre gira con el mundo hasta marearse, hasta morir de inquisición? El mundo gira en el sentido de las agujas del reloj imparable, impiadoso gira. Nada que hacer tiene el hombre más que contemplar el misterio como testigo inevitable de lo inevitable. Presente por coincidencia, por mala fortuna. El mundo seguiría girando aún sin hombre que lo notase.
Se agitaron nuevamente las voces, se llenó el plenario de celos y de contradicciones. Unos afirmaban, otros negaban. Desesperados, violentos como defendiendo la vida en cada grito cada hombre sabio buscaba en su imaginación una respuesta que aliviara el ardor de la incertidumbre...
Entonces levantó la vista un modesto pintor que estaba debajo del inmenso estadio realizando su obra y habló susurrando, casi para sí...
-Tal vez no pueda el hombre, hacer que el mundo deje de girar...
pero puede hacer que parezca que danza.
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