Sopla el
viento.
El susurro viaja
helado desde el sur corriendo gentes y tu cara se descubre.
Lentamente
el hielo cobra tierra y el silencio hace eco en las ventanas desoladas.
Ya nadie
está y de a poco... el recuerdo te apresa.
Prostituta,
mujerzuela que busca ahogar con perlas el
amor que ya no es.
El vicio y el desdén adornan tu cabellera.
Disfrazada
de lujos. Atestada de marcas y arrogancia, invadida por todas las manos que te
toquetean. Lacaya del Carapálida.
Nunca más el
capricho intrépido de los médanos hurgando secretos en el mar. Ahora te
distraen los turistas.
¿Qué busca
tu nariz? ¿El íntimo lamento de El Arco de los indios mudos?
Callados a la fuerza.
Llega el invierno y resuenan en tus alhajas de hormigón, los tambores que se fueron hace
siglos. Ay Santa María… virgen niña. Tanto te han violado.
Hoy tu
santuario es un casino. Ya nadie recuerda ni tu rostro ni tus nombres... te llamas
como quieran. Han llenado tu silueta de cemento e hipocresía.
Pero entonces…
en el frío nadie mira, el viento desvanece las huellas invasoras y tu rostro se descubre.
Y eres antes
que Santa María o Ituzaingó.
Eres mucho
antes en el corazón del hombre que te vio por vez primera. Punta del este que busca
el sur como sí allí se encontrara memorias de quien ya fue olvidado.
Mujer, aquel
hombre ya no está… Y tu rostro no es este, como tampoco es el río de
la plata ni del oro.
En cada grano de arena, en cada caricia del mar, eres niña enamorada.
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