miércoles, 20 de junio de 2012

Punta del Este descubierta.


Sopla el viento.
El susurro viaja helado desde el sur corriendo gentes y tu cara se descubre.
Lentamente el hielo cobra tierra y el silencio hace eco en las ventanas desoladas.
Ya nadie está y de a poco... el recuerdo te apresa.
Prostituta, mujerzuela que busca ahogar con perlas el  amor que ya no es.
El vicio y el desdén adornan tu cabellera.
Disfrazada de lujos. Atestada de marcas y arrogancia, invadida por todas las manos que te toquetean. Lacaya del Carapálida.
Nunca más el capricho intrépido de los médanos hurgando secretos en el mar. Ahora te distraen los turistas.
¿Qué busca tu nariz? ¿El íntimo lamento de El Arco de los indios mudos? Callados a la fuerza.
Llega el invierno y resuenan en tus alhajas de hormigón, los tambores que se fueron hace siglos. Ay Santa María… virgen niña. Tanto te han violado.  
Hoy tu santuario es un casino. Ya nadie recuerda ni tu rostro ni tus nombres... te llamas como quieran. Han llenado tu silueta de cemento e hipocresía.
Pero entonces… en el frío nadie mira, el viento desvanece las huellas invasoras y tu rostro se descubre.
Y eres antes que Santa María o Ituzaingó.
Eres mucho antes en el corazón del hombre que te vio por vez primera. Punta del este que busca el sur como sí allí se encontrara memorias de quien ya fue olvidado.
Mujer, aquel hombre ya no está… Y tu rostro no es este, como tampoco es el río de la plata ni del oro.
En cada grano de arena, en cada caricia del mar, eres niña enamorada.
Frágil, ingenua, virgen, Por los siglos de los siglos… intacta, charrúa hasta los huesos. 

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