miércoles, 30 de junio de 2010

El Reloj de Arena


Todo ser humano, nace en una fecha que es recordada y celebrada año tras año como aniversario del nacimiento. Hay otra fecha oculta, que también vivimos año tras año, pero por ignorancia, la vivimos como si fuera cualquier otro día. El otro cumpleaños, el contracumpleaños.
El día del mes en el que cada uno va a morir, la fecha que año tras año todos los hombres vivimos completamente absortos. Curioso capricho de la naturaleza del tiempo, ya que seguramente cambiaríamos mucho la forma de ver la vida si festejáramos cuantos quedan, en vez de cuantos van. Esta es la breve historia de un hombre que pudo cambiar la manera en la que medía su tiempo en la tierra, aunque fuera por un día.
Esta era la víspera del último contracumpleaños de nuestro hombre. Pero como todo ser humano, lo ignoraba por completo. Había pasado por el 27 de Noviembre cincuenta y seis veces, ésta era la última. A las 02.34 de la madrugada dejaba este mundo.
El último día de su vida lo había comenzado con un problema en una oficina pública. Fue a pagar unas cuentas, el funcionario de mala gana lo atendió pésimo, le cobró de más, un lío. Había vivido toda su vida en la lucha. Lucha diaria y anual. Lucha de décadas. Todo lo había conseguido con esfuerzo y sacrificio, pero por la misma extraña razón que la mayoría de los hombres, nunca había gozado el remanso de la conquista, de la contemplación de lo conseguido.
Luego de arreglar sus trámites este hombre se fue a tomar el tren para poder llegar a su casa como lo hacía siempre. Estaba cansado y de mal humor, notaba que a medida que pasaban los años, aguantaba menos las impertinencias del día a día. Entró en la terminal de trenes y encontró un alboroto. Estaban los empleados de una empresa de transporte haciendo un reclamo con pancartas, todo era un caos.
¿Los trenes están saliendo? , preguntó a un hombre que tenía cerca sin obtener respuesta.
En medio de todo el ruido, un viejo se le acercó con un reloj de arena en la mano ofreciéndoselo por encima de la gente. El hombre lo agarró sin saber bien porque, un artefacto tan extraño de ver. El viejo le gritaba al lado y él no sabía ni de que trataba. ¿Qué quiere? Tómelo, tómelo a ver si no tengo razón! Le decía el viejo loco. El hombre se cubría mientras miraba por entre la gente. El viejo le seguía gritando. ¿qué quiere viejo? ¿plata? Sacó de su billetera un manojo de dinero, y se lo extendió. El viejo agarró el dinero y acercándosele al rostro le dijo: ¡El problema es que nos engañaron! El hombre no entendía nada, intentaba alejarlo con las manos.
¡Nos engañaron con esos relojes redondos de agujas que dan vueltas y corren siempre el mismo camino y repiten los números como si todo fuera redondo en vez de recto! dijo. ¡El tiempo tiene ciclos pero no da vueltas, no vuelve a empezar nunca! El hombre lo escuchaba sin saber bien como le había logrado captar la atención. ¡La única forma de entender el tiempo debió haber sido siempre la del reloj de arena! Dijo el viejo con los ojos como estrellas. Es tan lógico ¿no lo ve acaso? Uno puede ver todo el tiempo, el pasado y el que queda por pasar. Y cuando cae el último grano de arena, se nos acabó el tiempo! Dijo el viejo. Se nos acabó el tiempo! ¿Me entiende, me entiende?! El viejo se fue con el dinero y a nuestro hombre se le enmudeció el ruido del mundo de alrededor. Hay palabras que quedan en la cabeza y no se olvidan jamás, pero hay otras que penetran directo hasta el alma, esas no sólo no se olvidan sino que además tienen la cualidad de transformar las personas en otra cosa, en algo nuevo. Esas palabras, acababa de recibir aquel hombre de la boca de un vagabundo y en sus manos le había quedado como suvenir un antiguo reloj de arena. Vio alejarse al viejo hasta que se perdió entre la muchedumbre.
Esperó el tren tranquilo... en silencio. Observó como se movía todo a su alrededor. La gente que reclamaba, los niños que miraban a sus padres sin entender, los perros con los collares, las bocanadas de luz que entraban a mares por los ventanales, los ojos de las ancianas y de los vendedores en los kioskos... entonces por un momento volvió la vista al reloj y vió caer grano a grano la arena por la ranura. Estaba en el presente. Cada instante que vivía caía un grano de arena por la ranura del reloj. El tiempo corría mientras este hombre hacía una pausa. Se detenía para contemplar instante a instante por primera vez en su vida el mágico y único AHORA.
Llegó a su casa luego de un viaje en tren que le pareció mas corto que lo normal. Caminó meditabundo con los ojos clavados en todo lo que pudo ver a su paso.
En la mano traía el reloj de arena.
Abrió la puerta de su casa y miró a su mujer a los ojos... la besó profundamente.
¿Qué pasa? preguntó ella... Pasa que te tengo y tu me tienes. Mi tiempo es tu tiempo, dijo aquel hombre.
El hombre murió a las 2.34 de la mañana, su quincuajésimo séptimo 27 de Noviembre.
Su corazón se detuvo en el momento en el que pasó el último grano de arena por la ranura del reloj.
Vivió el último instante con una sonrisa en el rostro. Estaba dormido.

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