
Existía a los pies de un cerro gigante un palomar en medio de arbustos, donde habitaban los Hombres-Palomas y otras especies de HOMBRES-PÁJAROS. Los vecinos inmediatos eran los Hombres-Loros, luego los Gorriones hábiles recolectores de frutas, los Teros, gruñones y celosos. Más allá, cerca del lago habitaban los Hombres-Patos y los Hombres-Garzas y en lo alto del cerro padre, donde no volaba otro ave, reinaban sabios y grandes, los Hombres-Halcones. Cada quién en su lugar de la tierra, cada quien en su trozo de cielo. En aquel palomar desbordado de hijos de todos, comía entre hermanos de cuna, el pájaro triste. Ave grande de especie dudosa, de plumas mustias y mirada opaca. De alas moradas como las palomas pero largas como las de las Garzas. De todos los hijos el único huérfano sin raíces. Sólo se sabía de aquella criatura lo que alcanzó a balbucear su madre, la paloma Blanca en medio de su agonía: "Cuiden de éste, ahora mi hijo, regalo del cielo".
Pero el tiempo había pasado y el pájaro triste era una sombra. Idéntico a nadie, igual a ninguno. Único. Sólo.
En las noches, cuando las aves dormían, el pájaro triste conversaba con el cielo por entre las ramas de los arbustos bajos y se veía volando alto tan alto como ninguna paloma, como ningún otro ave. Porque escuchaba del cielo palabras y veía en él dibujada su alma.
Una vez, sin anuncios ni sorpresas, arribó al palomar una vieja paloma mensajera. Aquel respetado maestro, volvía a su lugar de origen luego de haber viajado por los caminos del cielo y de la vida. En medio de halagos y alegrías, reunido con las aves más sabias del palomar que le recibían con honores, vió que a lo lejos lo observaba fijo una mirada interrogativa. Reparó que aquellos ojos eran como brazas entre cenizas que guardan fuego muriendo de a poco pero tal vez aún podían, con un poco de viento, arder en llama. - Tal vez será -pensaría aquel maestro- que hasta no encenderse, las almas no manifiestan la magnitud de su hoguera.
Quiso el destino o el misterio de aquel mago que nadie comprendía por qué buscaba conversar siempre con los más desgraciados, se cruzara con el pájaro triste días después y entablara con él primero una breve conversación y como se hacen todas las relaciones, con palabras y tiempo se forjara una amistad, como de maestro y discípulo que prosperó con el correr de los meses. A veces en la tarde o por las mañanas se encontraban entre mandados, paseos o tareas. A veces recolectando, otras cazando o recorriendo, el maestro hablaba de diversos temas, de cien anécdotas, de mil historias. Enseñaba contando y a veces también escuchaba en atento silencio, como si las palabras pasaran a través de él y a su alrededor danzaran.
Un día, luego de una tarde corriente como tantas de aquel palomar, dijo sin más: - ¿Qué es lo que más deseas? Honestamente, libre de otras voluntades, de los prejuicios, de los miedos y las dudas... ¿que és lo que más deseas, pájaro triste?
Atónito por un instante, aquél contestó como si la respuesta le saliera del alma y no del cerebro:
- Volar, maestro.
- ¿Volar?
- Volar... pero no se a dónde ni a qué. Es sólo un deseo estúpido e insistente.
- Si los deseos son insistentes probablemente no son estúpidos ¿verdad?. Si quieres volar vuela ALTO, dijo el maestro. Se que buscas muchas cosas pájaro triste... Pero sospecho que no hay forma de encontrarlas aquí en el suelo.
- Pero maestro, usted sabe que no podemos volar más alto de lo que nos permite nuestra propia naturaleza. Las palomas no estamos creadas para volar tanto, sólo los halcones llegan hasta la cima del cerro y más allá y logran ver el sol poniéndose en ese lago infinito.
- ¿Y acaso sabes tú pájaro triste, si no eres un Hombre-Halcón?
- Es imposible Maestro. Nunca he visto un Halcón, es cierto. Pero no lo creo.
- Yo he sido paloma mensajera y conozco mis límites. Sé hasta dónde me permite llegar el cielo y agradezco haber podido probar mi voluntad. Pero para conocer mis límites tuve que llegar hasta ellos y no suponerlos. Voy a contarte una historia Pájaro triste:
Conocí una vez un hombre-paloma que sentía la necesidad de volar, no tanto con altura, pero sí la distancia más larga imaginable por un ave. Lo llamaban Gota de agua, porque era una paloma azul. Una vez se animó a volar y salió del palomar y voló por encima de mil árboles y de campos y de cerros y de lagos. Y descubrió que no era una paloma. Era una especie para nosotros muy extraña llamada Hombre-Golondrina. Probablemente tuvo que probar su resistencia y sufrir... sufrir mucho de verdad. Sufrir más aún que lo que sufría sintiendo la incertidumbre de no conocerse a sí mismo. Pero logró la tarea más sagrada de todo hombre-pájaro: volar todo lo que permitan las alas.
- ¿Quiere decir maestro, que puedo volar mil cerros y mil lagos?. - No pájaro triste, quiero decir que tal vez hayas nacido para volar aún más...
El sol moría y el maestro se retiró a descansar, como lo hacía todas las tardes. El Pájaro triste quedó contemplando el fuego del horizonte y pensando. Pensando.
Pasaron días en que no se supo nada del ave. Algunos se preocuparon y preguntaron donde podía estar. Pero el maestro sabía que estaba preparando el alma en algún lugar. Como todos los seres antes de dar el paso más importante, el pájaro triste necesitó de soledad. Cuando volvió no se sabe de donde ni de hacer qué, el maestro vio que ya no era aquella ave. Lo vio brillar como brilla el fénix antes de morir y convertirse en algo nuevo. Se despidió de los allegados, dejó algunas pertenencias y antes de volar en dirección al cerro miró al maestro y como si conversaran con los ojos y se despidieron con un gesto silencioso.
Así fue el pájaro triste desplegó por primera vez sus alas enormes y emprendió vuelo levantando polvo del suelo hasta la copa de los árboles. Voló por encima de los arbustos bajos y pasó de un palomar a otro hasta encontrar altura. Rozó las copas de los eucaliptus gigantes y siguió subiendo en dirección al cielo.
Las palomas que lo veían subir exclamaban: - ¡Está loco! ¡Va a morir!
El pájaro triste buscó ver la luz dorada del sol que nacía por detrás del cerro y siguió subiendo hacia la cima. Las aves del palomar no podían creer que aquel ave triste, pudiera volar tan alto.
La cima del cerro comenzaba a hacerse nítida poco a poco y se sintió cansado de agitar las alas. Planeó unos instantes mirando hacia el palomar y vio por primera vez desde tanta altura, que distaba lo mismo la cima que los pies de aquel cerro padre. Le faltó el aire, flaqueó... decidió volver... pero sus alas no obedecieron y no dejaron de moverse. Con una insistencia ciega, siguió el pájaro triste volando hacia la cima y sintiendo morir, llegó... El tiempo se hizo un instante... eterno, silencioso. Levemente por encima del cerro vio del otro lado la extensión de manto verde que ocultaba mil palomares diminutos hasta el final de la tierra y el comienzo del mar... Así quedó suspendido en el aire sintiendo las alas arder por dentro un poco de vida otro poco de muerte... Entonces cayó desmayado y quedó tendido sobre alguna parte la cima.
Cuando despertó iba en el aire... Las gigantes aves negras lo llevaban atado boca abajo.
- ¿A dónde me llevan? ¿Qué es lo que hacen?
- ¡Silencio! Serás juzgado por el Halcón Consejero. Nadie había llegado nunca a nuestro cielo con tal imprudencia.
Entraron volando a una especie de caverna en uno de los vericuetos rocosos del cerro y atado por las patas y las alas, lo lanzaron al suelo.
- ¿Qué es lo que haces aquí? Este es nuestro terreno, ¿Qué ave eres? Vienes del palomar, ¿Eres una simple paloma? ¿Cómo llegaste hasta aquí?
El pájaro no supo qué contestar ante la hostilidad de los halcones.
- ¡Silencio!, sentenció un viejo ave de plumas grises. Aquel animal inmenso llegó caminando hasta el ave triste.
- Pido perdón por haber llegado sin permiso... pero quiero saber si soy un Hombre-Halcón, dijo el pájaro trsite. Los demás Halcones rieron, otros murmuraron: - Este ave está loco.
El anciano lo analizó pluma a pluma y habló con mucha calma.
- Lamento decirte muchacho que tu lugar no está entre nosotros… tú no eres un Hombre-Halcón.
La desesperanza se apoderó del ave trsite y aquel anciano vio en su mirada apagada la angustia de la incertidumbre... la desazón de la duda existencial que lo aquejaba... Entonces el viejo y sabio halcón le preguntó: ¿Qué es lo que te aflige?
Cabizbajo el pájaro triste, contó al viejo Halcón su historia, sus misterios, su solitaria infancia, los consejos de su maestro y su llegada a la cima. Le refirió con detalle las noches en las que se perdía mirando el cielo y su agonía por sentir que no era parte del aquel palomar al que le agradecía su vida... pero en el que no encajaba...
- Volé hasta aquí sintiendo que podía... volé pensando en que era uno de ustedes...
Entonces el anciano, que mucho había viajado por los cielos del mundo le dijo:
- Pájaro triste. ¿En verdad no sabes que ave eres? Tu no perteneces a los cerros, porque los cerros son de los Halcones. Tampoco perteneces al palomar, porque el palomar pertenece a las palomas y de los animales de vuelo corto y llano... Tu morada queda más allá del lago y del lago después del lago. Más allá de mil cerros como éste y otros mayores. Más allá de la llanura verde donde sopla el viento helado. Donde ningún otro ave puede llegar, ahí está tu morada. En un cerro tan gigante como cien cerros padres al que llaman la gran Montaña.
Pájaro triste, tú eres un Águila.
"Estoy lista para saltar y ser feliz en el vuelo" Escribí, y pensé en buscar imágenes de aves, buscando sin querer llegue aquí, y ame enteramente este relato poético, espiritual, humano. ¡Gracias por compartirlo!
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